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Hacia la madurez emocional

Recopilado por: Dra. Masiel Matera.

Confieso que al leer el sexto capítulo titulado “Desarrolle madurez emocional” del libro Reparando las cercas de los corazones heridos. Diez llaves para una mejor relación con sus hijos adultos del Dr. Lynch, me sentí un poco decepcionada de mí misma, porque al darme cuenta de que aún dependo emocionalmente de mis hijos adultos (sobre todo de mi hija) en muchos aspectos, fue como si hubiese retrocedido un paso en el proceso de restaurar las relaciones y reparar los corazones heridos. Pero luego entendí que no se trata de un retroceso, sino que como el alfarero al bruñir la vasija de barro la lija con acero, piedras lisas o madera para obtener una pieza lisa y pulida, así mismo Dios nos va “lijando” para quitar todas las “asperezas” y dar brillo a la relación con nuestros hijos adultos. Así pues he ido internalizando que alcanzar la madurez emocional es una etapa más, necesaria en el proceso.

Concuerdo totalmente con el Dr. Lynch (2013) en que lo primero que debemos hacer es asumir que no somos nuestros hijos y que cada uno es responsable de su propia madurez emocional. Dar este paso no es fácil ni para nosotros como padres ni para los hijos adultos. Debemos ser esforzados y valientes, como Josué (1:9), para romper con la dependencia emocional y motivar a nuestros hijos para que ellos también sean independientes.

La lectura de este capítulo me hizo reconocer cuán arraigada estaba en mí misma la mentira de que si no estoy en contacto todo el tiempo con mi hija, entonces ella no me necesitará. Me di cuenta de que en muchas ocasiones he estado colocando a mi hija en el lugar de Dios y esto me hace dependiente de ella, al mismo tiempo que la amarra a ella a depender de mí, de modo que “…Jesucristo queda excluido y ya no es él quien provee la seguridad emocional a padres e hijos” (Dr. Lynch;2013:113).

El reto que impone este capítulo para mí no ha sido más sencillo que los anteriores: “La tarea es resistir cualquier tentación de satisfacer las necesidades emocionales a través de los hijos adultos, por tanto no pida a sus hijos que cubran las necesidades que usted mismo no puede satisfacer” (Dr. Lynch;2013:114). Pero ¿Cómo liberar a mi hija de esta responsabilidad (que no es de ella definitivamente) de satisfacerme emocionalmente y cómo liberarme a mí misma? Inmediatamente viene a mi mente el versículo de Santiago 4:7 “Así que sométanse a Dios, resistan al diablo y él huirá de ustedes”, entonces ¿cómo dejar este endiosamiento en la relación con mi hija para poder someterme realmente a Dios y resistir las mentiras que permití que se instalaran en mi mente para espantar definitivamente al diablo? Estudiar este capítulo, siempre pidiendo discernimiento al Espíritu Santo, me ha ayudado a dilucidar estas interrogantes.

He comprendido que para liberar a mi hija debo recordarme a mí misma que el gozo del Señor es mi fortaleza (Nehemías 8;10), que cada vez que sienta la necesidad de depender de ella debo correr a refugiarme en el Espíritu Santo y dejar que su presencia me llene, aceptar y dejar que cada uno sea responsable de su propia felicidad; descubrir que hay otros proyectos de vida, además de ser mamá, con los que puedo salir adelante, que debo fortalecer mi relación con mi esposo y con los hermanos en Cristo. Ahora bien, ¿cómo liberarme a mí misma? Me di cuenta de que el primer paso es, precisamente, liberarla a ella y esto es, de acuerdo con mi experiencia personal, una tarea de todos los días.

También entendí que es importante hacer una reflexión profunda de los vínculos que me atan a mi hija y que me llevar a la dependencia emocional. Hacer esto me reveló que ciertamente hay un vínculo de temor muy fuerte, el cual se manifiesta a través de mis miedos con respecto a ella: miedo de perder el control sobre ella, miedo de sus pensamientos independientes porque la distancian de mí, miedo de que se vaya sin tener una estabilidad económica, miedo de que no quiera continuar con sus estudios, miedo de que no quiera ser responsable, miedo de sentir rechazo, culpa y vergüenza a causa de sus errores, miedo de haber fracasado como mamá. Para mí ha sido posible identificar estos miedos solo en la intimidad de la oración con el Señor, con la llenura de su Espíritu Santo.

El Dr. Lynch (2013) plantea una serie de estrategias específicas para ayudarnos a vencer esta dependencia (que él, asertivamente, denomina insana) las cuales me permitiré plasmar a continuación.

(i) Deje de relacionarse con sus hijos adultos como si fueran niños

No fue fácil reconocer que no había permitido que mi relación con mi hija fuera madura. Así que, para mí, ha sido un ejercicio diario aprender a no ver a mi hija como una niña que tiene que obedecer.

(ii) No confunda el pensar igual con cercanía

Cómo cuesta entender que nuestra forma de pensar no es la única realidad que debe ser aceptada por nuestros hijos adultos. El hecho de que mi hija no piense igual que yo y tenga sus propias opiniones no implica que no esté cerca de mí. Fue toda una revelación darme cuenta de que la mayor parte del tiempo mis estados de ánimo dependen de su manera de pensar y de actuar; así como entender que mis cambios emocionales deben ser hechos por el Espíritu Santo. Como dice el Dr, Lynch (2013:119): “Por lo tanto, en vez de ir a buscar a un hijo adulto para un “arreglo emocional”, diríjase a Dios en oración. Pídale a Dios que llene ese vacío o identifique la fuente de temor en su corazón que le impulsa a buscar un “arreglo emocional” (Filipenses 4:6,7)”.

(iii) Desarrolle otros intereses

Involucrarnos en nuevos proyectos en la iglesia, en el trabajo, con el cónyuge o en el nivel personal que no incluyan a nuestros hijos nos ayuda a desarrollar nuestra individualidad al mismo tiempo que nos enseña a respetar la individualidad de los hijos.

(iv) Deje de entrometerse en la vida de sus hijos adultos

Me di cuenta de que, frecuentemente, necesitaba saber todo lo que hacía mi hija y dónde estaba. Para tranquilizarme, empezaba a llamarla insistentemente interrumpiendo sus clases o cualquier otra actividad que ella estuviera realizando. No se trata de no poder llamarla nunca, pero no acudir a ese recurso como una medida de controlarla o de querer protegerla.

Una estrategia que me ha ayudado muchísimo a distanciar cada vez más estos episodios es declarar sobre ella la promesa que está en 2 Timoteo 4:18 “El Señor me librará de todo mal y me preservará para su reino celestial. A él sea la gloria por los siglos de los siglos, amén.” Personalmente, ha sido muy tranquilizador memorizar versículos y recitarlos en los momentos de más ansiedad. Hacerlo me ayuda a descansar en el Señor.

(v) Respete el tiempo de sus hijos

A veces esperamos que nuestros hijos estén disponibles para nosotros las 24 horas del día y nos olvidamos de que aunque todavía no estén casados, vivan en nuestra casa y dependan económicamente de nosotros, ellos “…no son como los cajeros bancarios que están programados para que cuando presionen la tecla para retirar, recibas un arreglo emocional…” (Dr. Lynch;2013:121).

En estos casos, el Dr. Lynch (2013) recomienda llegar a un acuerdo con ellos sobre cuáles son los momentos más adecuados para que ellos nos dediquen un espacio de tiempo o para llamarlos.

(vi) Evite hacer sentir culpables a sus hijos

Tantas veces le he hecho a mi hija el reclamo “por lo menos avísame cuándo te vayas de la universidad a otro lado” sin pensar en las razones que ella haya tenido para hacerlo (sacar copias, ir a comer algo, etc.), o también “¿por qué no me avisaste que se te hizo tarde para tomar el bus?, ¿no ves que yo estoy aquí preocupada?”. Consciente o inconscientemente traba de crear un sentimiento de culpa en ella, pero esto lo que provocaba era enojo y obstruía nuestra comunicación.

No se trata de que los hijos no se comuniquen con nosotros en algún momento del día, o que no podamos manifestarles nuestras preocupaciones, el problema es la recriminación controladora.

(vii) Acabe con el monstruo del temor

Definitivamente, debemos terminar con el miedo de perder el control sobre nuestros hijos adultos porque “…el control no es producto de la fe o de la confianza. El control se hace por el miedo, por lo general miedo al fracaso o al abandono” (Dr. Lynch;2013:123).

El Dr. Lynch Explica que es fundamental aceptar que tenemos miedos con respecto a los hijos, identificar cuáles son y las causas de ellos. Personalmente, la conversación franca con Dios y la terapia con el psicólogo me ayudaron a descubrir que muchos de los temores en mi relación con mi hija se deben a eventos de mi infancia, mi adolescencia, la relación con mis padres, es decir, situaciones que experimentamos en el transcurso de la vida y que forman un sistema de creencias en el que, seguramente, muchas mentiras que controlan nuestras emociones han sido afianzadas.

Particularmente, creo que hay tres herramientas fundamentales que nos ayudan a adquirir madurez e independencia emocional: la oración en intimidad con Dios, perdonar a los ofensores y traerlos a la cárcel de Jesucristo confiando en que él obrará su justicia y, finalmente, tener clara nuestra identidad en Cristo y afianzarla diariamente, como un ejercicio consciente; así podemos internalizar en nuestro corazón la verdad de Dios para nuestras vidas y que esta verdad nos haga realmente libres, como afirma el Dr. Lynch (2013:125), de los hábitos de control y “…reemplazarlos por relaciones saludables …ya que tendrían una relación más profunda con Dios, porque ahora él ha vuelto a su legítimo lugar, el centro de su vida”.

Referencias

Biblia G3 de crecimiento juvenil. (1999). Nueva Versión Internacional. Editorial Vida. Impresa en China

Lynch, C. (2013) Reparando las cercas de los corazones heridos. Diez claves para una mejor relación con sus hijos adultos. Editorial GRAPHE, Venezuela