Recopilado por: Dra. Masiel Matera
Cuando leí el capítulo 5 titulado ‘Conserve la pizarra limpia’, del libro Reparando las cercas de los corazones heridos. Diez llaves para una mejor relación con sus hijos adultos, del Dr. Lynch, quedé devastada. Sabía que era un paso que debía dar para la restauración de la relación con mis hijos adultos pues, aunque hice lo mejor que pude, indudablemente, cometí errores que afectaron a mis hijos y cuyas consecuencias se han manifestado al llegar a la edad adulta.‘Conservar la pizarra limpia’ significa, pues, pedirles perdón a los hijos adultos por las heridas que les causamos al cometer estos errores durante su crianza.
Entonces, me propuse seguir todo el proceso que implica alcanzar esta meta. Oré, le pedí al Señor que me mostrara las cosas en las que había cometido errores mientras criaba a mis hijos, hice mi lista, le pedí perdón al Señor por cada ítem que había escrito en ella. Solo me restaba dar el paso definitivo: pedirles perdón a mis hijos adultos.
Cuando pensaba en ello, me sentía consternada y con miedo, como el pueblo de Israel cada vez que Goliat los desafiaba a enfrentársele. Así fueron pasando los días. Dejé de leer el libro porque sabía que no podía continuar avanzando si no limpiaba la pizarra al menos con mi hija, con quien ha sido más difícil la relación en su paso a la edad adulta.
Cada vez que veía el libro con intención de avanzar en la lectura, aparecía de nuevo Goliat desafiándome y amedrentándome. Por mi mente pasaban todos los argumentos que menciona el Dr. Lynch (2013:92-94) que usamos para evitar este amargo trago de pedir perdón a los hijos adultos:
“Si no hablo del tema, estoy seguro de que este problema se acabará. No es mi culpa. Yo no quería herir a nadie. Seguro que ya lo habrán superado. No pediré perdón hasta que me pidan perdón primero. Yo no sé cómo van a responder”
Pero sobre todo aparecía el temor paralizante de repetir escenas llenas de ira en las que pedir perdón no dio resultado. Seguramente no era el momento indicado. Solo pensar que volvieran a suceder me petrificaba realmente. Así pues, oraba que Dios proveyera el momento preciso para hacerlo.
Un día, estaba leyendo Isaías 54 y sentí que Dios me hablaba en el versículo 2 “Ensancha el espacio de tu carpa, y despliega las cortinas de tu morada. ¡No te limites! Alarga tus cuerdas y refuerza tus estacas”. Era como si me dijera ‘Ensancha tu relación con tu hija, muéstrale tu corazón, no mires los límites que solo están en tu mente, refuerza tu relación con ella’. Luego, en el Versículo 4 “No temas porque no serás avergonzada, no te turbes porque no serás humillada. Olvidarás la vergüenza de tu juventud, y no recordarás más el oprobio de tu viudez” sentía que me decía ‘No temas enfrentar los errores del pasado’, pero otra vez Goliat salió con toda su armadura y sus amenazas. Mientras oraba y le pedía al Señor que me mostrara si era el momento más oportuno, apareció el versículo 10 “Aunque cambien de lugar las montañas, y se tambaleen las colinas, no cambiará mi fiel amor por ti ni vacilará mi pacto de paz –dice el Señor que de ti se compadece”. Entonces, entendí que era el momento justo. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Aunque mi hija decidiera no perdonarme y se desatara la tercera guerra mundial, ya Dios me había perdonado, ya estaba en paz con él. Definitivamente ese era el momento.
Me acerqué a ella, le pregunté si podíamos hablar sobre algunas equivocaciones que había cometido durante su crianza, ella aceptó y le leí la lista de los ‘me equivoqué en…’, le dije que esperaba que en algún momento pudiera perdonarme. Ella me miró con asombro y esbozó una fugaz sonrisa, simplemente me dijo: -Bueno. Eso fue todo, es palabra ‘bueno’ que en realidad significaba ‘sí, te perdono’ fue la piedra que mató a mi Goliat. ¡Le di tantas gracias a Dios!, pude comprobar su fidelidad pues no vaciló su pacto de paz.
El Dr. Lynch (2013:96) expresa “Por otra parte, no se sorprenda si sus hijos adultos niegan que les haya hecho algo malo, debido al sentido de una falsa lealtad”. Déjenme decirles que me impactó el hecho de que mi hija no lo negara, al contrario, su cara de asombro y esa pequeña sonrisa que se dibujó en su cara por unos segundos, me hicieron entender que ella estaba muy clara en que hubo situaciones, en cuanto a nuestra relación cuando era niña, que le hicieron daño. Creo que poner mi pizarra limpia con ella, era algo que ella esperaba que yo hiciera.
Ahora mi oración es que el Señor me permita prepararme por si en algún momento ella me pide una explicación sobre el porqué de mis actitudes que me llevaron a cometer esos errores. Que me permita usar las expresiones más apropiadas y tener las actitudes adecuadas para poder tener una conversación franca y sincera de adulto a adulto llegado el momento; y no caer en la tentación de contrarrestar el ataque, apelar a mi autoridad, filosofar, defenderme, minimizar la experiencia de mi hija, acusarla de ingrata, comparar las heridas suyas con las mías, desplazar la culpa, acusarla de querer vengarse, negar la verdad, responder con sarcasmo, ser superespiritual, humillarla o avergonzarla (c.f. Dr. Lynch;2013:96,97). Esto solo oscurecería aún más la relación e impediría la reducción de los conflictos.
Si la meta es optimizar la relación con nuestros hijos adultos y ayudarlos a abandonar la ira, lo mejor es “…desarrollar una actitud que refleje consideración, paciencia, domino propio y una buena dosis de amabilidad y comprensión con los hijos adultos”. (Dr. Lynch;2013:97). Esto no es nada fácil de lograr, creo que en verdad necesitamos de mucha oración, intimidad con Dios, esforzarnos y ser valientes para lograr el objetivo. En mi caso particular, he comprobado los resultados de practicarlo.
Un aspecto que impedía limpiar la pizarra con mi hija era la culpa. Es decir, sentirme culpable por todas las equivocaciones cometidas y plasmadas en la lista, le daría a ella la posibilidad de manipularme para resarcir de alguna manera el daño causado. Para evitar esto, es fundamental que antes de hablar con nuestros hijos vengamos a los pies del Señor con verdadero arrepentimiento y le pidamos perdón por cada error cometido con nuestros hijos, pues “… si confiesa el pecado ante Dios y ellos se resisten a perdonar, aún en este caso, usted queda libre de culpa”. (Dr. Lynch;2013:101)
Por esto, debemos tener intimidad con Dios para fortalecer nuestra identidad en Cristo y derrotar al gigante de la culpa. La verdadera culpa que sentimos por el pecado sin confesar y luego, una vez confesado el pecado, la falsa culpa que nos quiere manipular, como afirma el Dr Lynch (2013:102):
“Entonces, en vez de ser manipulado por la falsa culpa, retroceda y declare que a partir de este momento se va a relacionar con sus hijos basado en la apreciación de haber sido perdonado, y no bajo el pensamiento irracional de que va a compensar los daños que cometió contra ellos en el pasado … Lo que significa que si sus hijos quieren enviarlo a un tour por la culpa, deben cambiar sus agentes de viaje”.
No podemos permitir que la culpa nos impida colocar los límites sanos a nuestros hijos adultos cuando sea necesario.
Concuerdo totalmente con el Dr. Lynch (2013) en que un aspecto fundamental en el proceso de reparar los corazones heridos en las relaciones entre padres e hijos adultos es el perdón. Tanto pedir perdón como perdonar a nuestros hijos adultos por las heridas que nos han causado es liberador, realmente.
Personalmente, cuando internalicé en mi corazón la importancia del perdonar, lo hice en momentos muy álgidos de mi relación con mi hija y, verdaderamente, sentí como traspasaba mi carga a Jesucristo y me alivianaba física y espiritualmente. Ahora lo continúo haciendo cada vez que es necesario.
Para finalizar, me voy a permitir citar textualmente al Dr. Lynch (2013:103,104) quien magistralmente, pero de una forma sencilla a la vez, explica como es el proceso del perdón:
“Lo primero, reserve un tiempo para reflexionar. Luego, pídale a Dios que le revele todas las heridas que sus hijos le han causado. No justifique sus actitudes y acciones hirientes. Simplemente escríbalas, y ante el Señor describa lo que sus hijos le han hecho. Reconozca ante Dios que comprende que es Su responsabilidad castigarlos por sus pecado, y en voz baja agregue: “Señor, debido a que tú moriste en la cruz por mis pecados, te pido que otorgues gracia, misericordia y perdón a mis hijos, así como lo hiciste conmigo” (Ef. 4:32). Luego, concluya con: Jesús, en este momento te envío (a mis hijos) y sus pecados y los dejo en Tus manos”.
¿Por qué es importante enviar los pecados al Señor Jesús? La razón es porque la palabra “perdón” significa enviar lejos …Esos pecados cayeron sobre Jesús y fueron clavados en la cruz (Col. 2:14). Al enviar los pecados a Jesús, usted ha decidido ser un “trasladador” y no un “contenedor”. Además, ahora puede regalar a sus hijos adultos una pizarra limpia por la sangre del Señor Jesucristo (I Juan 1:9).
¿Qué hacer si sus hijos no reconocen lo que hicieron? Imite el modelo de Jesús. Cuando estaba clavado en la cruz dijo: “Padre, perdónalos …” (Lucas 23:24) … recuerde que el beneficio del perdón lo recibe principalmente quien lo otorga, no quien lo recibe”.
Referencias
Biblia G3 de crecimiento juvenil. (1999). Nueva Versión Internacional. Editorial Vida. Impresa en China
Lynch, C. (2013) Reparando las cercas de los corazones heridos. Diez claves para una mejor relación con sus hijos adultos. Editorial GRAPHE, Venezuela
