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Clarificando las expectativas

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Recopilado por:  Dra. Masiel Matera

Cuando comencé la lectura del libro Reparando las cercas de los corazones heridos. Diez llaves para una mejor relación con sus hijos adultos del Dr. Lynch, sabía que este libro traería muchos retos que debería asumir y enfrentar; pues, necesariamente, tendría que poner en práctica las herramientas que en él encontraría si en realidad quería mejorar la relación con mis hijos adultos, especialmente con mi hija.

Los capítulos 4 “Clarifiquen sus expectativas mutuas” y 5 “Conserve la pizarra limpia” han sido impactantes para mí debido a que yo soy de las personas que difícilmente voy a enfrentar directamente a alguien para expresarle cómo me siento con algunas de sus actitudes, sobre todo si he sido lastimada o si estoy molesta. Esa es precisamente la tarea de estos dos capítulos: enfrentar a mis hijos para expresarles qué cosas espero yo de ellos y para pedirles perdón por todo lo que hice durante su crianza que hubiese podido lastimarlos.

Es doloroso encarar los propios miedos, hacerlos a un lado y vencer a los gigantes, sobre todo cuando lo queremos hacer en nuestras propias fuerzas. Finalmente, entendí que debo obedecer el mandato de Dios en Josué 1:9 “Ya te lo he ordenado: ¡Sé fuerte y valiente! ¡No tengas miedo ni te desanimes! Porque el Señor tu Dios te acompañará donde quiera que vayas”. Después de todo, Dios no me dio espíritu de temor, sino de poder, amor y de dominio propio (I Timoteo 1:17), y ya Dios me había dado como garantía la promesa de estar conmigo todos los días de mi vida en Josué 1:5 “Durante todos los días de tu vida, nadie será capaz de enfrentarse a ti. Así como estuve con Moisés también estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré”.

Así que me aferré a mis promesas (porque Dios me las había dado y ya eran mías), a mi ferviente deseo de obedecer a Dios y con mi corazón convencido de que, definitivamente, separada de él nada puedo hacer (Juan 15:5), de la mano con él pude vencer al primer gigante: poner la pizarra limpia con mi hija. No obstante, aún quedaba el otro gigante: enfrentarla para aclarar mis expectativas sobre ella.

Las palabras finales del capítulo imponían el reto:

Así que enróllense las mangas y ¡manos a la obra! Hablen con sus hijos; sea que estén casados o solteros. Tomen la iniciativa. Pregúntenles si están dispuestos a compartir sus deseos, anhelos y expectativas para con ustedes. Y luego díganles que les permitan compartir las suyas. Intenten negociar las diferencias hasta donde sea posible. Clarifiquen ahora y ganen. (Dr. Lynch;2013:83)

Sabía que debía aceptar el reto para continuar avanzando en el proceso de la restauración, pero ¡qué duro era para mí tomar la iniciativa y dar el paso!

Sin embargo, en su infinita misericordia, Dios trata con cada uno de nosotros de maneras tan impredecibles… Esta vez me sorprendió de una manera tan especial que aún continúo agradeciéndole. En el momento en que yo menos lo esperaba, mi hija se acercó a mí y me dijo: -Mami, ¿te puedo hacer una pregunta? Yo respondí: -¡Claro!, y allí mismo la lanzó: – ¿Qué cosas ves en mí que debo cambiar como hija? Me quedé desconcertada por unos segundos, pero en seguida el Espíritu Santo me hizo dar cuenta de que era el momento para hablar sobre las expectativas. Era como si en realidad ella me estuviera preguntando qué cosas esperaba yo de ella, que ella debía cambiar. Debo confesar que jamás esperé una pregunta como esa. Le dije que me diera unos minutos para pensar y en seguida mi mente se conectó con Dios en oración y le pedí que tomara el control de la situación; mientras que ella esperaba parada allí a mi lado, decidida a escuchar lo que yo tenía que decirle.

Así fue como empecé a hacer mis planteamientos sobre lo que me gustaría que hiciera, si era posible. Con algunos de mis deseos, ella asintió, pero con otros, expuso sus argumentos por los cuales no estaba de acuerdo. Pudimos negociar en algunos casos, pero en otros no.

No es fácil hablar con los hijos sobre lo que esperamos de ellos sin tratar de manipular la situación e inclinar la balanza a nuestro favor. El Dr. Lynch explica que «Para algunos, las expectativas no son sólo profundas esperanzas, sino que han llegado a significar “lo que por obligación tengo que hacer”». Es allí donde debemos tener cuidado.

Mientras conversaba con mi hija, traté de ser muy cuidadosa de la manera como exponía mis expectativas, pero en lo profundo de mi corazón yo esperaba que ella las aceptara y las acatara. Es muy cierto lo que afirma el Dr. Lynch (2013:71): “Tenemos que distinguir en nuestras mentes si nuestras expectativas son deseos o si más bien son reglas”, entendidas estas como las órdenes sobre lo que nuestros hijos adultos deben hacer con sus vidas. Pienso que es importante diferenciar las expectativas, como el hecho de “esperar, con placer y anticipación, que algo ocurriera” (Dr. Lynch;2013:71) del autoritarismo irrefutable y del hecho de establecer límites sanos que deben ser respetados. El autoritarismo irrefutable solo romperá la comunicación y detonará la ira.

Como padres, es inevitable que tengamos expectativas muy altas sobre nuestros hijos y nos resistimos a la posibilidad de que no se cumplan porque resultaría muy frustrante para nosotros, al menos para mí lo ha sido, y sentiríamos que fracasamos en la tarea que Dios nos encomendó de criarlos. Sería muy productivo internalizar la reflexión del Dr. Lynch (2013:79) de que “…la relación con el hijo adulto puede mejorar si ustedes abandonan esas falsas esperanzas, sueños y expectativas, y empiezan a apreciar lo que en realidad tienen, y dejan de centrarse en lo que no tienen”.

Personalmente, desde siempre, he tenido unas expectativas muy altas acerca de la relación de mis hijos con Dios. De hecho, uno de los planteamientos que le hice a mi hija fue que me gustaría que ella volviera a asistir a los estudios bíblicos. Escuché atentamente sus argumentos que explicaban por qué no regresaba. En medio de todo, me alentó mucho el hecho de que ella me dijera, con esa franqueza que la caracteriza, que ella es cristiana y que en verdad quiere y aprecia mucho a sus hermanos en Cristo. Negociamos y, al menos, accedió a considerar la idea de asistir eventualmente, cuando esté lista para ir.

Entendí que su relación con Dios es de ella y no mía, que de alguna manera Dios está trabajando en ella y que, cuando haya aprendido sus lecciones, ella se congregará en el lugar que Dios tiene preparado para ella. Mi corazón internalizó que debo descansar en las promesas que Dios me dio sobe ella y confiar en su fidelidad. No es mi círculo de responsabilidad hacer crecer la relación personal de mi hija con Dios.

Estoy aprendiendo a entregar mis expectativas sobre mis hijos al Señor, que la oración sigue siendo la mejor arma de guerra y a esperar en él que se cumplan o no “…sea como sea, es decisión de Dios” (Dr. Lynch;2013:78). Pero no ha sido fácil, para mí se ha tratado de un ejercicio consciente del día a día.

Probablemente, quedaron algunas expectativas por aclarar, sé que a lo largo del camino surgirán otras, pero estoy muy agradecida con Dios por llenarme de fortaleza para dar este primer paso que, aunque difícil, para mí ha representado un gran avance. Es que con Dios de la mano no hay gigante imposible de vencer. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Gracias Señor ¡Abba Padre!

Referencias

Biblia G3 de crecimiento juvenil. (1999). Nueva Versión Internacional. Editorial Vida. Impresa en China

Lynch, C. (2013) Reparando las cercas de los corazones heridos. Diez claves para una mejor relación con sus hijos adultos. Editorial GRAPHE, Venezuela